CAPÍTULO UNO: LOS PESCADORES TABLISTAS

Presentación

Si la historia de Kimu te pareció fantasiosa, cuando termines de leer nuestro ensayo, expuesto en los primeros cuatro capítulos; no sólo creerás que su aventura fue posible; sino que además, los sentimientos que guardas hacia los pescadores, que aún hoy surcan las olas a bordo de sus tup en las playas norteñas, se convertirán en verdadera admiración. Sabrás entonces que en el corazón de cada uno de ellos, late todavía el pulso agitado de Kimu cuando atrapó su primera ola. Comprenderás que cada vez que un tablista peruano desciende por el lomo de una grandiosa cumbre de agua, repite un ritual que viene practicándose en nuestras costas hace cinco mil años.

 

Las lenguas que hablaron los antiguos pescadores de la costa norte del Perú se suprimieron en el siglo XVIII. Pero gracias a los investigadores, hace 100 años se ha logrado rescatar una buena cantidad de palabras del vocabulario de una de esas desusadas lenguas: la Mochica, que se habló en los valles y caletas desde Pacasmayo hacia el norte. Así encontramos uno de los nombres autóctonos de la balsa de totora: tup, porque es probable que tuvo varias denominaciones diferentes en las antiguas lenguas que se hablaban a lo largo del litoral. Cuando llegaron a América los españoles, le pusieron el nombre de caballito de totora. En nuestro libro hemos decidido usar ambos nombres cuando narremos nuestra historia. Y es preciso advertir: las sucesivas investigaciones reformarán nuestros conocimientos actuales del nombre autóctono y de la milenaria historia de los pescadores.

En este libro hallarás imágenes precolombinas de la cerámica, orfebrería, arquitectura y textiles, que te resultarán tan familiares como ver a tu mejor amigo remando al encuentro de la ola más grande. Conocerás, gracias a la pluma de los cronistas y a los modernos estudios de los arqueólogos, antropólogos e historiadores, los detalles de la vida de los pescadores en el Antiguo Perú; donde las olas, besando eternamente las orillas del océano más extenso del planeta, sedujeron a estos hombres que experimentaron el placer indescriptible de vencer las tempestades y triunfar sobre las marejadas del más puro y auténtico arte de surcar olas.

La balsa de totora

Los “caballitos” van cortando el agua. Avanzan con sus líneas de esquife en un impulso fácil y un ritmo de gracia y de belleza. El mar sigue movido, de lejos vienen olas fuertes, que se rompen y hacen que el agua salte y luzca con el golpe del Sol. Es hermoso contemplarlos correr sobre las olas y la espuma con la alegría de una fiesta pagana. Al verlos en la cresta de las olas, recuerdo esos otros muchachos de Hawaii, que corren también, sobre sus tablas de madera. Sobre los “caballitos” acrobáticos con sus pañuelos blancos y sus torsos desnudos, que el brillo del Sol hace de fuego, parecen los jóvenes jinetes unos dioses del mar.

Aurelio Miró Quesada Sosa
Costa, Sierra y Montaña
1969

 


En sentido horario: pirámide de Huaca Rajada, en Lambayeque, donde se encontró la tumba del Señor de Sipán, en 1987. Un grupo de pescadores se dirige a la orilla después de una jornada de pesca, Huanchaco. Un pescador artesanal se hace a la mar en el puerto de Pimentel, Lambayeque. Médanos de arena en el desierto de Ocucaje, Ica.

 

La primera impresión que produce el paisaje de la costa peruana, es una desolada extensión de desierto apenas interrumpida por algunos puñados de ríos que descienden de las altas serranías formando igual número de valles. Los antiguos pobladores de la costa peruana, a lo largo de los siglos, crearon ingeniosos sistemas hidráulicos que les permitieron transformar el cauce de aquellos ríos en fértiles valles propicios para la agricultura. Sin embargo, la ausencia de lluvias causaba que las labores agrícolas demandaran esfuerzos que, en muchos casos, no se veían recompensados en una justa medida.

 

Frente a la aridez característica de esta tierra, que necesitaba de esfuerzo humano para conseguir cultivos aceptables, el mar se presentó desde un principio como una fuente inagotable de riquezas, un medio de subsistencia que atrajo la atención de los antiguos habitantes, determinando su estilo de vida. Estas sociedades fueron las primeras en estar activamente relacionadas con zonas de mareas poderosas a través de la pesca, el comercio marítimo y los rituales. A lo largo de nuestra costa, una generosa corriente de aguas frías baña sus orillas trayendo consigo una increíble variedad de peces y frutos del mar capaces de satisfacer las necesidades alimenticias de naciones enteras. Además, en la zona norte, otra corriente de aguas cálidas permite la existencia de otra variedad de especies marinas que hacen del mar peruano uno de los más ricos y abundantes del mundo.

 

 

Así se presenta el litoral peruano en nuestros días, donde miles de sociedades o comunidades marítimas de pescadores se han asentado desde hace 14 mil años hasta la actualidad. Eso suma millones de personas dependiendo del mar. Si tomamos en cuenta que al llegar los españoles, el dominio del imperio incaico se extendía desde Quito (en la actual República del Ecuador) hasta Tucumán (en la actual República Argentina), nos podemos imaginar la inmensa extensión de playas sobre la cual se desplegaba la actividad pesquera de los antiguos peruanos.

 

En este primer capítulo nos proponemos retroceder miles de años en el tiempo y, para lograr un viaje de semejantes magnitudes, es necesario que afilemos los sentidos y pongamos en juego toda nuestra imaginación porque la historia de los habitantes de los valles cálidos de la costa, los yungas (palabra del idioma quechua), se encuentra tan desolada como los desiertos que atraviesan de lado a lado este territorio. Sin embargo, es precisamente en esos desiertos donde los arqueólogos descubrieron los elementos necesarios para reconstruir el pasado de los antiguos pobladores yungas, tan fascinante, o quizás más fascinante, que la historia del Tahuantinsuyu, ya que se desarrollaron en tiempos mucho más remotos y por lo tanto, se vieron con la necesidad de enfrentar mayores dificultades en situaciones de vida tan adversas.

El mar, un milagro de vida

Dirijamos la mirada nuevamente hacia la costa, y viajemos al pasado hasta visualizar a los antiguos pescadores y mercaderes costeños, que intentan vivir en armonía con la naturaleza. Aún se respira el alegre trajinar de los pobladores yungas que, provistos de anzuelos, arpones, redes, trampas para cangrejos y embarcaciones, se acercan a las orillas del mar en busca de alimento. Aún pueden distinguirse enormes lagunas de agua dulce donde se practica la pesca y se cultiva la totora; tupidos bosques de algarrobos y guarangos que abastecen de madera y leña a los yungas; arboledas frutales y montes plagados de arbustos que visten de verde el paisaje de la costa.

 

Durante años, la pesca estaba limitada a las lagunas que proliferaban a lo largo de la costa, formadas por esporádicas inundaciones originadas por el desborde de los ríos, manantiales o por eventos climáticos similares al fenómeno El Niño. Pero los habitantes yungas, seres ingeniosos por naturaleza, pronto aprendieron a pescar desde la orilla del mar mediante cordeles coronados con fuertes anzuelos de hueso. La pesca que obtenían era sabrosa y nutritiva, pero insignificante en comparación a la pesca que distinguían en el mar si descubrían un medio que les permita domar su tempestuosa naturaleza.

El nacimiento de una idea

A fuerza de contemplar diariamente la majestuosa y subyugante presencia del mar, algunos pescadores creyeron que era posible internarse detrás de la línea de las olas, allí donde veían diariamente saltar inalcanzables peces de finas formas, sugestivos colores y generosas dimensiones como los bonitos, lenguados, meros o las nutritivas anchovetas, que podrían alimentar a familias enteras. Si las pequeñas lagunas ofrecían tan variada riqueza de especies ictiológicas, ¿qué no podría ofrecer el imponente e ilimitado mar? Es seguro que durante interminables días los antiguos pobladores costeños se sentaron a lo largo de la playa a contemplar las seductoras puestas de sol, pensando en esa vasta extensión de mar cargada de misterio y de vida.


Cerámica que nos muestra un habilidoso pescador remando sobre una balsilla de troncos.

 

Tarde o temprano, la idea de encontrar una forma de ingresar al mar iría adueñándose de sus voluntades. A medida que sus sueños se plagaban de exóticas escenas de abundante pesca, podían ver a los peces deslizándose entre las olas transparentes; podían presentirlos en el festivo vuelo de los guanayes, piqueros, chuitas y pelícanos que, en bandadas, se zambullían en el mar para lograr una pesca deliciosa. Para los pobladores yungas esto era inalcanzable. El deseo de atrapar esos peces iría cobrando mayor urgencia, poniendo en funcionamiento sus ingeniosos cerebros. Los anzuelos arrojados desde la orilla les facilitarían la hazaña de atrapar algunos ejemplares, pero la presencia de peces mayores siempre estaría sugerida por el inquieto festín de las aves marinas detrás de la línea de las olas. Por último, la obsesión por atrapar esos peces se adueñaría de sus voluntades, forzándolos a poner en funcionamiento toda su creatividad.

La conquista de las rompientes

Los yungas anhelaban atrapar esos peces para alimentar a sus familiares y la única forma de hacerlo consistía en ir por ellos, venciendo la muralla formada por las olas. Urgidos por el crujir de sus tripas, los yungas regresaban a las lagunas en busca de la pesca cotidiana. Y fue probablemente allí, en la orilla de alguna de estas innumerables lagunas, donde un pescador anónimo concibió la idea de utilizar los frágiles carrizos de enea o totora para fabricar su primera embarcación. Si el objetivo era llegar hasta la línea de las olas, era preciso utilizar una superficie flotante, capaz de sostener el peso del pescador y sus aparejos.

Las primeras balsas de totora

Para efectos de nuestro relato, queremos aferrarnos a ese mágico momento en que nuestro anónimo pescador yunga se atrevió, por primera vez, a ingresar al mar a bordo de su primitivo tup. Las olas reventarían contra la orilla exactamente como lo hacen ahora, rechazando la presencia del intruso pescador. La balsa de totora, frágil, pero segura, se posaría sobre la superficie del mar recibiendo el peso del hombre, quien agita sus manos en un intento desesperado por cruzar la reventazón. Luego de agotadores esfuerzos, el pescador logra alejarse de la orilla estruendosa y arroja sus redes y sus anzuelos. Horas más tarde, luego de balancearse al ritmo hipnótico de los tumbos de las olas, nuestro héroe ve coronados sus esfuerzos con una abundante cantidad de pescados que ahora debe transportar a la orilla. Para evitar que los peces caigan al mar, cuando una ola lo revolcaba, aprendió a colocar el pescado dentro de una bolsa de red, que iba amarrada a la balsa (como aún lo hacen ahora).

 

Contemplará las olas con aire respetuoso, estudiará sus formas, sus evoluciones y movimientos. Reconocerá en ellas su principal obstáculo para lograr una pesca mejor. Regresará a la laguna donde los juncos de totora crecen silvestremente y ensayará la construcción de un nuevo tipo de embarcación. Intentará el experimento decenas, cientos, miles de veces, hasta encontrar el diseño que le permita entrar y salir del mar. Así se habrá construido el primer tup, coronado con una firme proa que le permitirá resistir y romper el embate de cada ola al momento de ingresar al mar, permitiéndole cruzar las líneas de olas que conforman una serie. Gracias a este invento, quizás el más extraordinario de los concebidos por los antiguos yungas, la riqueza incalculable del mar peruano alimentó a los pobladores de la costa.

La ceremonia de iniciación

Para aprender a manejar un caballito de totora, se requería poseer no sólo habilidades únicas, sino también la madurez y valentía suficientes para hacer frente a los peligros de nuestro mar, uno de los más traicioneros y peligrosos del planeta. Ciertos objetos de cerámica hallados en las cercanías de Chan Chan, representan el uso de estas balsas para la ejecución de rituales de virilidad. Antes de ser considerado como un verdadero pescador, el joven aspirante debía cazar un jaguar de los Andes y cercenarle la cabeza a modo de trofeo (Antonio Raimondi: Notas de Viaje; 1942). ¿Se imaginan semejante rito de iniciación? Allí tenemos a nuestro joven aspirante, internándose en las estribaciones de las montañas en pos de uno de los felinos más astutos, ágiles y letales del continente, con el fin de matarlo y cortarle la cabeza, como trofeo que pruebe que posee el valor necesario para el siguiente reto.

 

¿Y en qué consistía el siguiente reto? consistía en enfrentarse al furibundo oleaje que azotaba las orillas para acceder a la zona de pesca. ¿Pueden darse una idea de lo peligrosa que podía resultar una faena pesquera, si el hecho de matar un jaguar era un sencillo rito de iniciación? No satisfecho con haber matado al jaguar. Nuestro joven aspirante a pescador, clavaba la cabeza de su presa en la punta de su tup, de modo que la fiereza innata del animal le confiriera la valentía suficiente para enfrentarse al ejército de olas dispuesto a volcar su frágil embarcación y sepultarlo en las profundidades insondables del océano. El cementerio marino de tantos pescadores anónimos.

El período de entrenamiento

Todo parece indicar, que fue precisamente en esta parte del proceso cuando los antiguos peruanos empezaron a correr olas por placer. Piénsenlo. Allí tenemos a nuestro joven pescador, entrando y saliendo del mar durante un verano entero, con el único propósito de familiarizarse con las faenas pesqueras. Lo primero que debía aprender era enfrentar a las olas para acceder la zona de pesca, usualmente ubicada muy por detrás de las reventazones. Y luego, y aquí viene lo increíble, debía aprender a sortear el oleaje de modo que al salir rumbo a la orilla, éste no volcara la frágil embarcación.

El placer de surcar olas

La persona que ya disfrutó alguna vez la sensación incomparable de deslizarse sobre una ola, sabe que es una de las sensaciones más agradables, divertidas y placenteras que se puede experimentar. ¿Se imaginan a nuestro joven pescador durante su entrenamiento? Día tras día rema contra la marea, las corrientes y contra las olas para alcanzar la reventazón y una vez que ha llegado hasta allí, practica el acto de regresar a la orilla aprovechando la fuerza motriz de una ola.

 

¿Creen ustedes que este joven pescador, luego de haber vencido remando las infinitas series de olas de una playa como Huanchaco, no experimenta un placer indescriptible cuando, finalmente, apunta la proa de su tup hacia la orilla y se deja llevar por una ola a velocidades inauditas para un ser terrestre? ¿Se imaginan su cara de felicidad, la destreza con que guía el curso vertiginoso de su embarcación, la sensación de orgullo y virilidad que lo embarga al comprobar que cada vez es más hábil en esta fase de su aprendizaje? Porque enfrentar las olas para ingresar a las zonas de pesca y después, deslizarse sobre las olas para salir del mar, era una de las destrezas más importantes en el aprendizaje de un pescador yunga.

 

Ahora bien, una vez que el joven pescador había probado las delicias del acto de surcar olas, ¿no creen que alguna vez se le ocurrió la idea de entrar al mar por el puro y simple placer de cogerse algunas buenas olas? Porque es innegable que los más diestros pescadores se sintieran orgullosos de su habilidad y fuerza para enfrentar al mar y surcar las olas, ya que su destreza los colocaba inmediatamente en un selecto grupo social, el de los pescadores expertos. No debe extrañarnos la posibilidad de que antiguamente se celebraran concursos o competencias, para ver quién era el pescador que mejor se enfrentaba al mar. Remando y traspasando las espumas, se deslizaba sobre las olas en eventos de naturaleza ritual y competitiva, similares a las antiguas olimpiadas griegas. ¿Porqué no? ¿Puede un hombre de la cultura o el tiempo que fuera, abstenerse de correr olas luego de experimentar el enorme placer que tal práctica supone?

El Perú cuna del arte de surcar olas

Tradicionalmente, el origen del arte de surcar olas se les atribuye a los antiguos miembros de la realeza hawaiana, quienes corrían olas sobre tablas de madera construidas por ellos mismos con materiales oriundos de esa isla. Por eso se reconoce al arte de surcar olas como "el deporte de los reyes", y la mayor parte de su historia contemporánea, con frecuencia basada en los estudios hechos en el Bishop Museum de Hawái, acostumbran a ubicar su origen en las azules aguas de Oahu y sus islas aledañas. Sin embargo, desde hace algunas décadas, los avances en el campo de la arqueología precolombina han revolucionado la teoría tradicional del origen del arte de surcar olas. Gracias al estudio de las culturas de la costa del Perú, tan altamente desarrolladas, como llegaron a ser las antiguas civilizaciones egipcias, se han encontrado evidencias que demuestran que estos hombres aprendieron a correr olas hace miles de años. Tal es el caso del reciente descubrimiento de las ruinas de Caral, cuya antigüedad se remonta justamente a cinco mil años en el pasado.

 

Existen dos culturas, la Mochica y Chimú, descubiertas gracias a la evidencia de enormes ruinas o complejos arqueológicos, a través de los cuales, los ojos del mundo se han vuelto para mirar con sorpresa a estas avanzadas civilizaciones. Los vestigios de estas culturas nos muestran una gran influencia marina, en un grado altamente superior al de cualquier otra civilización contemporánea. En su iconografía, como puede apreciarse en los restos hallados en la huaca Cao Viejo, en el complejo arqueológico El Brujo, abundan las representaciones de interminables secuencias de olas que, como indican los arqueólogos, representaban el movimiento, la fuerza y el poder del mar como fuente de vida (Cristóbal Campana y Ricardo Morales: Historia de una Deidad Mochica; 1997).


En sentido horario: vasija chimú que representa a un personaje de alto rango, a juzgar por su rica vestimenta, en posición de remar parado. Cerámica mochica con pescadores en caballitos de totora, recolectando conchas. Vasija ceremonial mochica, con dos personajes montados sobre el caballito y a su vez sobre un pez. Note la representación de las olas en la base de la embarcación. Dos pescadores mochicas sobre balsas de totora.

 

Una revolución arqueológica: las culturas Mochica y Chimú

El desarrollo económico y social de las culturas Mochica y Chimú, estuvo ligado a la pesca: convirtieron el océano Pacífico en una de las más grandes pesquerías del mundo. Durante esa época, el pescado fue la principal fuente de proteínas en la dieta de los 100,000 habitantes de la ciudad de Chan Chan. Los habitantes Mochica y Chimú idearon sus propias formas para el arte, la organización social, y en la construcción de grandes ciudades y complejos piramidales. En toda la creación artística de los Mochicas, e incluso más, en la de los Chimú, aparecen dos símbolos fuertemente asociados con las divinidades: el arco iris y las olas.

 

Cuando los antiguos pobladores de Chan Chan distinguían los colores del arco iris brillando entre las nubes encima de los Andes, sabían que faltaba poco tiempo para que las lluvias empezaran a llenar los elaborados canales de irrigación con que alimentaban sus cultivos, por lo cual, el arco iris era un símbolo de la fertilidad. Y las olas, en su magnífico arte, simbolizaban el poder: el eterno e incomparable poder que controlaba su universo. Como resultado, en los tejidos y obras de arte que representan deidades o situaciones sobrenaturales, aparece un borde de olas alrededor del diseño. La interpretación es que los antiguos yungas percibían, que el verdadero poder sobre sus vidas, estaba en manos de las olas.

 

Estas culturas Mochica y Chimú, enfrentaron el reto de vivir a orillas de una marea poderosa, expuesta a crecidas durante varios meses cada año. Basta con imaginar las infinitas series de olas de Chicama, para recordar que una de las mejores olas del mundo para el deporte de la tabla está ubicada al sur de las excavaciones de Lambayeque, donde una de las tumbas más fastuosas y ricas de América (la del Señor de Sipán) fue descubierta hace pocos años. Los primeros hombres que experimentaron el placer de surcar olas, fueron pescadores que tenían que enfrentarse a la fuerza de las mismas para conseguir su alimento. La valentía necesaria, dio lugar a un ritual de paso, similar a otros rituales de guerreros o de lucha en la historia.

Antiguo rito de paso relacionado con las olas

Un rito Mochica y Chimú consistía en que un hombre, sobre una balsa de totora, debía encontrar y llevar a la playa el huevo de un ave marina, para utilizarlo en la ceremonia en que sería nombrado “hombre-ave del mar” (Antonio Raimondi: Notas de Viaje; 1942). Esto nos recuerda a los motivos de hombre-ave y huevo encontrados en el arte religioso de la Isla de Pascua. A partir de aquí surgen las especulaciones que llevan a la hipótesis de que la fuente y verdadero origen de los ceremoniales de “hombre-ave”, celebrados con variantes a lo largo de las culturas polinesias y las sociedades hawaianas, está en el Perú preincaico. Asimismo, el acto de probar la virilidad mediante una hazaña de distancia y supervivencia, es un ritual que tiene representaciones similares en la cultura hawaiana. Incluso cuando se toma en cuenta que el arte de surcar olas empezó a practicarse dentro de las ceremonias religiosas.

La ciudad de los hombres que corrían olas

En ningún otro lugar de América pueden encontrarse pruebas de un desarrollo social tan vinculado al mar como el que establecieron los pobladores de Chan Chan. Un mar poderoso que les enviaba oleajes durante la mayor parte del año. Las condiciones presentan una ecuación interesante: cien mil personas a quienes alimentar, entonces dadas las circunstancias, los pescadores de Chan Chan se ganaban la vida en el mar y utilizaban las largas rompientes para empujar sus balsas hacia la orilla, donde negociaban los frutos de su trabajo. Es por ello que las paredes de la ciudad de Chan Chan están cubiertas con diseños y frisos en altorrelieve que representan escenas de pesca, series de olas, aves marinas, redes, deidades del mar y espíritus. En el Corredor de los Peces y las Aves, se ven representados los grandes oleajes, junto con la corriente peruana o de Humboldt, llena de peces, a medida que su ubicación varía a lo largo del año.

Origen de las balsas de juncos

Nuestra fuente principal en este asunto, es la exhaustiva y monumental Historia Marítima del Perú, editada por el Instituto de Estudios Histórico Marítimos del Perú. De la mano de historiadores de la talla de Hermann Buse De La Guerra y de José Antonio Del Busto Duthurburu, exploramos la prehistoria de la navegación peruana desde sus orígenes, confirmando con gran regocijo durante su lectura, que el tup jugó un papel trascendental en nuestra historia marítima.

 

Ahora bien, en cuanto a la antigüedad del caballito o tup, son muchos los investigadores que exponen diversas teorías. Así por ejemplo, tenemos el caso de Salvador Canals Frau, quien señala que: “la balsa… que se fabrica atando varios haces de juncos o de tallos de totora es paleolítica”, lo cual situaría la aparición del tup a la era de la edad de piedra (Salvador Canals Frau: Las Civilizaciones Prehispánicas en América; 1955). Por otro lado, Hermann Buse afirma: “en el mundo, la balsa de totora -mejor; la balsa de haces- es antiquísima. Aparece ya en los albores de la civilización y, fuera de duda, está en los comienzos mismos de la navegación. Es probable que sólo fuera antecedida por el simple tronco desbastado del que se valió la primera criatura audaz para entrar en las aguas profundas de un río o de un lago para llevar algo o recoger algo en la otra orilla". Estas afirmaciones, claro está, se refieren a las balsas de juncos de cuya existencia se han hallado testimonios en diversos lugares alrededor del globo, como en los lagos mexicanos de Chapala y Tlaxcala, en el valle del Nilo, en Asiria y en las orillas de los ríos mesopotámicos. Asimismo, la balsa de juncos fue común a infinidad de pueblos de Asia, Australia, Tasmania e islas de Oceanía, sin excluir de este conjunto a la Isla de Pascua, donde los nativos usaban unos atados de paja que, técnica y formalmente, en nada se diferenciaban de los caballitos de totora que vemos aún hoy en la playa de Huanchaco.

Antigüedad de la balsilla de totora

La antigüedad y la difusión exacta del caballito de totora o tup, es aún un tema no resuelto por los científicos. Revisando las investigaciones del historiador peruano Hermann Buse De La Guerra, observamos que el problema de la antigüedad de las balsas de totora en el Perú fue en gran parte aclarado. Dice Buse: "reconocido su apogeo, por el testimonio incontestable de la cerámica, en la edad Mochica -primeros siglos de la era cristiana-, inquietaba vivamente a los arqueólogos saber cuándo, en realidad, empezaba su uso, si con los Mochicas o antes de ellos, y si esto último, en qué siglo o milenio de la lejanía prehistórica” (Hermann Buse De La Guerra: Perú 10,000 años; 1962).

 

Los fundamentales trabajos de Bird en Huaca Prieta, en los años 1946 y 1947 que dieron por resultado el descubrimiento de la era precerámica, arrojaron clara luz sobre el problema y permitieron desde ese momento creer que: “el hombre de hace cuatro mil años conocía y usaba la balsa para pescar no lejos de la playa”. Así, abundantes evidencias arqueológicas atestiguan su utilización en tiempos muy lejanos, y el hallazgo de redes y flotadores en la citada Huaca Prieta, del valle de Chicama, en un estrato probadamente precerámico, de cuatro mil años, indica que los hombres de entonces: “practicaban un tipo de pesca en el mar que requería del auxilio de una embarcación”. Esa embarcación no podía ser otra que la balsa de haces de totora. Su ubicación está arqueológicamente probada (por el método del radiocarbono, en el estado actual de nuestros conocimientos) en las finales del tercer milenio antes de Cristo, en la Costa Norte, departamento de La Libertad.

 

Todas estas afirmaciones necesitan, sin embargo, el sustento arqueológico para poder determinar la antigüedad exacta del tup. Lo cual nos lleva a los descubrimientos de Rafael Larco Hoyle según los cuales: "la más antigua representación del uso del caballito de totora en la cerámica, con valor de documento irrefutable, la proporciona la cerámica Virú, de la época llamada Evolutiva y que corresponde al Formativo de otros esquemas". Dice Larco textualmente: "el caballito de totora... se encuentra en la cerámica Virú, lo que demuestra que entonces lo emplearon ya" (Rafael Larco Hoyle: Archaeologia Mundi. Perú; Génova, 1966). Si tomamos en cuenta que la cultura Virú se desarrolló, estrechamente vinculada al mar, en el primer milenio antes de Cristo, y sus representaciones en terracota del tup corresponden a los años 800-600 antes de nuestra era, podemos concluir como Buse que: "del caballito de totora, como el que aún emplean para sus faenas los pescadores de Huanchaco y en las playas de Lambayeque, poseemos representaciones alfareras de extraordinario valor que ubican su existencia hace, aproximadamente, tres mil años".

 

Llegados a este punto, los testimonios publicados en el libro, Perú 10,000 años, de Hermann Buse De La Guerra, son abundantes. Cercana a esta sorprendente cronología es la que insinúa Bird: "vasos Gallinazo, de hace 2,200 años, muestran también caballitos iguales a los que siguen en uso en la Costa Norte, el testimonio alfarero indica, igualmente, que éstas embarcaciones de pesca eran tripuladas indistintamente por uno o dos hombres" (Junius Bird: Art and Life in Old Perú; 1962). Y Kosok: "los diseños de los huacos de la época temprana de la cultura Mochica muestran embarcaciones similares a los caballitos de totora actuales, lo cual da la pauta para señalar la antigüedad de su origen..." (Paul Kosok: Life, Land and Water in Ancient Perú; 1965).

 

Hermann Buse también afirma que: "el caballito en nuestros días es indispensable cuando hay braveza, y todavía se le usa, aunque poco a poco es desplazado por los botes de diseño moderno, en algunas tareas cercanas a las playas, como la colocación del chinchorro y la revisión de las trampas para el cangrejo y la langosta. Con sus tres mil años de historia (o cuatro mil a base de indicios existentes) y siendo un directo descendiente de las primitivas embarcaciones precerámicas de totora es, de todos los elementos de la cultura aborigen aún vigentes, uno de los más antiguos y, por consiguiente, de más rancia y conservadora prosapia, un caso único de aferramiento a la tradición” (Hermann Buse De La Guerra: Historia Marítima del Perú, Tomo II, Vol 2; 1977).

 

Las investigaciones del arqueólogo peruano Gabriel Prieto Burmester, quien estudia una antigua aldea de pescadores en el sitio arqueológico Pampas de Gramalote desde el año 2010, que esta ubicado en el distrito de Huanchaco, le permitieron hallar la evidencia más antigua. Se desenterró allí una miniatura de un caballito de totora que sirvió para hacer una ofrenda. Esos estudios modernos nos confirman que el tup se utilizó en el Antiguo Perú desde hace 3,500 años. “Aunque se presume que el caballito de totora tiene un uso de 4,000 ó 5,000 años, hoy al menos sabemos científicamente que hace 3,500 años existió” comentó el arqueólogo Dan Sandweiss de la Universidad de Maine, Estados Unidos, al enterarse del hallazgo (El Comercio; 3 de agosto del 2014).

 

Pero si estas investigaciones aún fueran poco para los indiferentes. Los nuevos hallazgos en la capital de la civilización más antigua de América, Caral (3,000 A.C.) y también en Áspero, Bandurria, Vichama y otros sitios arqueológicos actualmente en estudio, nos confirman que los pescadores de esa antigua civilización con 5,000 años de antigüedad, también empleaban los juncos de totora para confeccionar sus casas y sus embarcaciones, siendo la pesca una actividad económica primordial para esos pobladores yungas, para realizar trueque con las comunidades de la sierra y selva. Tomando en cuenta entonces las antiguas y las recientes investigaciones de las diversas culturas de la costa peruana, nos atrevemos a proponer en este ensayo, que el caballito de totora o tup, se ha utilizado en la costa del Antiguo Perú desde hace cinco mil años (y quizás es más antiguo). Por lo tanto, el arte de surcar olas conserva esa misma antigüedad.


Vista aérea de la ciudad prehispánica de Caral, considerada la civilización más antigua de América.

 

El Festival del Mar en Huanchaco

El Festival del Mar, organizado en Huanchaco, un antiguo puerto pesquero con unos diez mil pobladores a unos 560 kilómetros al norte de Lima, fue un evento único y crucial en la historia del deporte de la tabla peruano. Fue la oportunidad que empezó a difundir en todo el planeta nuestra milenaria tradición de surcar las olas. Huanchaco es el más grande de los antiguos pueblos costeños del norte, en donde aún se puede observar a los milenarios pescadores yungas introduciéndose en el mar a bordo de los caballitos de totora. Ellos siguen sobreviviendo con las mismas técnicas de pesca y de construcción de balsas heredadas de sus antepasados, en las mismas aguas que alguna vez abastecieron de alimento a los cien mil habitantes de la antigua urbe de Chan Chan.

 

En 1987 Felipe Pomar era el presidente de la Federación Peruana de Tabla y viaja a Huanchaco, para conocer la zona y observar los caballitos de totora. Al presenciar a los pescadores en el mar quedó sorprendido, los caballitos habían sido diseñados para atravesar la rompiente y luego salir a la orilla corriendo olas. En ese viaje conoció al tablista trujillano Bernardo Alva, quien le informó de los avances, con relleno de material de construcción y tierra, con el fin de hacer un desarrollo urbano invadiendo las pozas donde se cultiva la totora, para desaparecer ese conjunto de valiosos totorales que utiliza la comunidad de pescadores y que están ubicados muy cercanos a la costa.

 

Luego de algunas conversaciones, decidieron juntos hacer un festival deportivo y cultural para dar a conocer el peligro que significaba para el balneario de Huanchaco la pérdida de la fuente de la materia prima que sirve para la construcción del tup. Bernardo se encargó de la organización del evento, Felipe de la promoción y la convocatoria de destacados tablistas extranjeros y peruanos para que respalden el proyecto. En ese mismo año, Felipe Pomar viaja a California y visita la oficina de la revista Surfer llevando en sus manos una réplica pequeña de un caballito de totora. Les explica a sus editores la importancia de publicar un reportaje sobre Huanchaco y su tradición milenaria. Hábilmente logró convencerlos. El artículo se publicó en la edición de abril de 1988, anunciándose al mundo internacional del surfing, los valiosos objetivos del Festival del Mar.

 

El primer Festival del Mar se realizó exitosamente en mayo de 1988. Hubo una segunda edición en 1990 y una tercera en 1992. Tuvo una lista impresionante de personalidades que fueron invitados; desde científicos notables como Thor Heyerdahl y Walter Alva, ambientalistas como Glenn Henning, hasta tablistas famosos como Mark Foo, Bobby Owens, Todd Holland, Richard Schmidt y Ronnie Burns. Posteriormente Bernardo con el mismo fin de preservar la valiosa plantación de totora, organizó el evento Pescadores de Olas en Huanchaco el 2007, 2008 y 2009. El escritor Matt Warshaw fue invitado por Felipe Pomar para que conozca Huanchaco y asistió al evento del año 2007. Matt publicó la milenaria tradición de surcar las olas que existe en Huanchaco en su libro The History of Surfing, publicado en el año 2010.

 

Es relevante agregar que en 1977, en el anuario Tabla Perú que publicó la Comisión Nacional de Tabla (CONTA), Fortunato Quesada Lagarrigue escribe un artículo en donde expuso que uno de los objetivos de dicha comisión era reconquistar el nivel internacional que tuvo la tabla peruana en los años sesenta: “por tener un campeón mundial y por ser una actividad oriunda del Perú”. El presidente de la CONTA era Luis Anavitarte Condemarín, quien en 1978 organiza el campeonato universitario de tabla, cuyo afiche, por idea de su secretario Fortunato, fue ilustrado con un caballito de totora.

 

Veinte años después, en el año 1998 el Perú expone en la asamblea anual de la International Surfing Association (ISA) que el caballito de totora o tup, es el elemento de surcar olas más antiguo de la historia universal. El ensayo fue preparado por Adolfo Valderrama Bielich y fue expuesto en Portugal, en el mes de noviembre, por Ricardo Kaufman Torres. Diez años después, gracias a la gestión realizada por Felipe Pomar Rospigliosi y Javier Fernández Urbina, el Director de Intereses Marítimos e Información de la Marina de Guerra del Perú, Contralmirante Reynaldo Pizarro Antram, envía el 25 de abril de 2008 una carta al Instituto Nacional de Cultura (INC) solicitándole que se efectúen campañas de difusión internacional para divulgar la contribución del poblador prehispánico andino a la navegación mundial.

 

Invitamos a nuestras autoridades culturales para que participen y apoyen esta tarea emprendida por tablistas y pescadores. Se debe evidenciar que la milenaria costumbre de surcar las olas es un patrimonio cultural del Perú. Dichosamente, ya se dio un primer paso. Por resolución directoral nacional N° 648 del Instituto Nacional de Cultura del 27 de agosto de 2003 se declaró Patrimonio Cultural de la Nación al caballito de totora. Embarcación considerada como expresión de las manifestaciones tradicionales de la cultura viva, que caracteriza a las comunidades asentadas en el litoral del norte peruano, y que contribuye a la identidad regional y nacional.


El célebre pescador de Huanchaco, Carlos Ucañán, corre una ola con su caballito de totora en Puerto Malabrigo (Chicama).

 

Cinco mil años surcando olas

Hemos visto que las modernas evidencias arqueológicas sitúan con precisión en la historia, la existencia del caballito de totora o tup en el periodo de los 3,500 años de antigüedad. También hemos explicado que existen los vestigios que nos hacen pensar que es más antiguo aún. No queremos exagerar en este libro la antigüedad del tup, pero tampoco podemos dejar de señalar que hace tres mil años, un alfarero Virú tomó como modelo a un caballito de totora para inmortalizarlo mediante su arte en un ceramio. Por ello, no es del todo descabellado pensar que su existencia fuese anterior a la representación gráfica del mismo.

 

La balsa de totora o tup (dicho en lengua Mochica) se constituyó como la más importante herramienta pesquera de los antiguos pobladores yungas. Las sesiones que esos valientes y habilidosos pescadores debían efectuar para familiarizarse con el mar, las olas, y el uso del caballito, son tan antiguas como el caballito mismo. Por ello nuestra conclusión es luminosa como el agua de nuestro mar durante el amanecer. Es lo que nos revela nuestra tradición milenaria que hoy sigue viva en nuestra alma tablista: hace 5,000 mil años el caballito de totora o tup era un elemento primordial en la vida de los antiguos pescadores yungas, por lo tanto, correr olas era también una actividad inseparable en su faena diaria.